¿Quién no ha sufrido alguna vez, el clásico rubor facial, de aparición rápida en el rostro y en el cuello? De repente, se acelera el corazón y un calor intenso inunda nuestra cara y llega hasta nuestras orejas. Estas reacciones de nuestro sistema nervioso suceden cuando: nos convertimos en el centro de atención, por ejemplo, al hablar en público, sufrir una caída tonta, sentirnos observados por alguien que nos desea o al tener que demostrar nuestras competencias (cantar, exhibir nuestro cuerpo, hacer un examen, disfrazarnos…etc).

¿Qué es la vergüenza?

La vergüenza es una emoción más como tantas otras que puede llegar a sentir o  experimentar el ser humano. Este tipo de emociones surgen como un mecanismo de respuesta que nuestro organismo tiene para adaptarse al entorno que le rodea. La vergüenza es un potente mecanismo de adaptación y un mecanismo evolutivo. Cuando la persona experimenta la vergüenza, esta se convierte en una  señal que nos indica o orienta sobre que es lo correcto y aceptable dentro del grupo social y nos permite asumir las reglas sociales como propias, de este modo, cuando asimilamos como propias las reglas de los grupos de pertenencia pasamos a formar parte de él como miembro de pleno derecho. En la antigua Roma, la peor acusación que podía recibir un servidor de la República o un simple ciudadano, era el incurrir en conductas vergonzosas, definidas estas como algo moralmente inaceptables, por presentar acciones o actitudes  inaceptables contrarias al ética pública y privada.

En resumen, es una emoción que experimentamos al tratar de ocultar algún defecto propio o acción que creemos  que  si se viese   podría provocar un rechazo por parte de nuestro entorno social. La vergüenza nos empuja a esconder nuestros errores, o a caer en un exceso de autocrítica para evitar o minimizar la crítica destructiva o el rechazo de los demás. También recibe el nombre de rubor, bochorno, timidez o retraimiento.

¿Cuándo la vergüenza es algo negativo?

En muchas ocasiones puede ser algo que sentimos de manera puntual y que no tiene consecuencias negativas, sino que nos ayuda a ser conscientes de nuestras limitaciones, nos mantiene equilibrados y promueve una actitud humilde. En otras ocasiones, puede convertirse en algo patológico y puede causar mucho sufrimiento hasta el punto de destruir todo nuestro equilibrio y bienestar personal. La persona con una vergüenza patológica experimenta un gran vacío personal, aislamiento social, frustración, miedo , rabia y  gran autocrítica  que limita su vida diaria hasta el punto que trata de ocultar su identidad en otras máscaras y se convierte en una persona rígida y perfeccionista.

 ¿La sociedad ve en la vergüenza un problema?

Uno no nace siendo vergonzoso sino que dicha emoción se va configurando en el individuo a medida que éste va aprendiendo a adaptarse al contexto en el cual se desarrolla. Las emociones primarias que tiene un niño entre su nacimiento y los dos años son : la sorpresa que nace de su interés por el entorno, la alegría como fruto de su satisfacción y la tristeza, asco, ira y miedo como consecuencia de su contrariedad ante lo que ve o experimenta. 

A partir de los dos años y medio el impacto del proceso socializador en el y del desarrollo de sus capacidades cognitivas le permitirán desarrollar emociones más  complejas (sociales-morales o autoconscientes) que le permitirán experimentar emociones nuevas como: la culpa, los celos, el orgullo, el bochorno, la vergüenza y la arrogancia. Sobre los tres años, el niño ya tiene una conciencia de identidad personal, está comenzando a integrar e interiorizar ciertas normas sociales (el bien y el mal)  e  iniciar el proceso de evaluación personal de acuerdo a las normas sociales incipientes que está aprendiendo. Así nace el sentimiento de vergüenza en un niño, el contexto social y el desarrollo de su identidad durante su infancia y adolescencia determinará y limitará su capacidad adaptativa cuando sea mayor.

Entre el primer año de vida y los tres años, los niños afirman su independencia intentando zafarse de sus cuidadores, caminan solos, escogen qué juguetes desean para jugar, eligen sobre qué ropa, qué quieren ponerse, comer etc.. En esta etapa crucial para el desarrollo de su identidad si les animamos y apoyamos serán individuos más confiados y seguros sobre sus propias capacidades. Pero si por el contrario, si lo que hacemos es criticarlos o controlarlos excesivamente comenzarán a sentirse inadecuados y volverse cada vez más dependientes de los demás, presentando una menor autoestima y una mayor sensación de vergüenza o duda en relación a su identidad personal. 

Cuando somos niños, los juicios que asumimos sobre nosotros mismos y del mundo, se encuentran fuertemente afectados por nuestras figuras autoritarias (padres, abuelos, profesores, jueces..). Los juicios son en sí declaraciones y su eficacia social depende de la autoridad que se tenga para hacerlas.

Los adultos que han rodeado al menor durante su desarrollo evolutivo, y que han ejercido un control excesivo y de al

ta exigencia (perfeccionismo) pueden llegar a formar individuos con una baja autoestima. Convirtiend

o a ese niño en una persona que ha aprendido a vivir para afuera, que solo es capaz de verse a si mismo a través de las opiniones ajenas y es por ello que cuando recibe una crítica social experimenta una gran ansiedad y sufrimiento personal ( miedo, angustia, tristeza, inutilidad..). La persona que sufre excesiva vergüenza, vive atemorizada por el miedo a que se descubran sus debilidades o defectos personales o temor a que vean como es en realidad.

Así pues experiencias tempranas en nuestro desarrollo como un entorno familiar donde se repriman las emociones se realicen críticas excesivas y rechazo, sufrir abuso infantil o acoso en el colegio “ bullying” son algunos ejemplos que contribuyen al origen de la vergüenza y sus consecuencias tan nefastas para el individuo.

El sufrimiento de las personas que se sonrojan fácilmente y buscan ayuda por ello justifica que sigamos trabajando en buscar estrategias terapéuticas que mejoren su calidad de vida.

Cómo no tener vergüenza. Tratamiento

A continuación exponemos algunos consejos que nos pueden ayudar a superar la vergüenza.

  1. Aprender o desarrollar habilidades de autorregulación emocional con el fin de calmar nuestra ansiedad (técnicas de relajación, yoga, mindfulness, deporte etc).
  2. Aprender a identificar nuestros pensamientos negativos e irracionales y sustituirlos por otros más adaptativos y racionales.
  3. Contactar con un terapeuta e iniciar una terapia que nos permita adquirir herramientas y habilidades sociales y adaptativas con el fin de mejorar nuestra autoestima.
  4. Compartir lo que nos sucede con otras personas.
  5. Dejar de proyectar sobre los demás una imagen negativa de nosotros mismos.
  6. Exponernos de forma gradual de menor a mayor vergüenza a aquellas situaciones que nos limitan (hablar en público, enseñar nuestro cuerpo, presentarnos a un examen, acudir a una cita etc.)
  7. Trabajar en nuestra autoaceptación, somos únicos ni mejor ni peor que nadie.
  8. Desinhibirnos más, dejarnos ir y ser uno mismo.
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