El pasado día 25 de Septiembre, día de la Merçè, tras ver los fuegos artificiales del final de fiestas en plaza España viví una escena de maltrato psicológico que, días más tarde, me llevó a escribir este artículo con el fin de que este pudiera servir de ayuda a cualquier persona que padezca maltrato físico o psicológico.

Me encontraba tranquilamente con mi pareja comiendo un tentempié en un céntrico local de Barcelona cuando, de repente, se hizo un silencio al escuchar en la calle un grito de mujer. Al principio, todos pensamos que con motivo de las fiestas se trataba de un grupo de jóvenes que estaban jubilosos después de todo un día de fiesta e ingesta de alcohol. Pero los gritos no cesaron y se sentía el lloro de una mujer que pedía ayuda. Sin pensárnoslo mucho, salimos corriendo del local para averiguar qué pasaba y auxiliar a esa mujer. Al llegar, nos encontramos frente a un hombre de unos 50 años corpulento y alto que estaba agrediendo con patadas, puñetazos e insultos a una mujer de unos 40 años que no pesaría más de 50 kg. Ella sólo hablaba francés, pero todos los que estábamos allí nos hicimos entender con ella para que nos contara qué había pasado. Entonces, nos confirmó lo que muchos habíamos visto con nuestro propios ojos: la había pegado y insultado. 

Unos nos centramos en auxiliar a la mujer y otros en contener y recriminar la actitud de él. Para mi sorpresa, él se mantenía como si nada hubiese pasado, como si fuese una riña y nada más. De hecho, se metió las manos en los bolsillos, intentando mostrarse como un hombre pacífico y educado. No se inmutó ante ninguna de nuestras acusaciones o recriminaciones y, a medida que pasaba el tiempo, intentó convencerla para que se fuera con él y así zanjar el asunto. Por suerte, una compañera ya había llamado a la policía y ante su presencia empezó a mostrar signos de nerviosismo. La policía lo condujo a un rincón para averiguar su versión y sin mediar más palabra, al ver que éstos le iban a detener, se lió a puñetazos y golpes contra los agentes. Así mismo, ella fue atendida en una ambulancia y conducida a un hospital. 

Quién sabe cómo podría haber acabado ese día para ella: nos comentaba que no era la primera vez que su pareja la había agredido. Al rato me encontraba con la adrenalina a tope y estaba rabiosa, pero me reconfortó ver que nuestra sociedad está cambiando para enfrentarse, desplazar y denunciar al maltratador.

Qué es el maltrato psicológico

El acoso o maltrato psicológico es un continuado y deliberado maltrato verbal o modal que recibe una persona por parte de otro u otros, con vistas a reducirlo, someterlo, apocarlo, amilanarlo o destruirlo psicológicamente y que consiste en comportamientos de hostigamiento frecuentes, recurrentes y sistemáticos contra él.

El acoso puede darse en cualquier ámbito de la vida, ya sea el familiar, entre la pareja, padres a hijos o viceversa, en el trabajo, en la escuela, o con amigos. A lo largo de nuestra vida, mantenemos relaciones estimulantes que nos incitan a dar lo mejor de nosotros mismos, pero también mantenemos relaciones que nos desgastan y que pueden terminar destrozándonos -provocando problemas de estrés y haciendo necesario acudir a un psicólogo especialista en ansiedad– Manifestamos asimismo una indulgencia inaudita en relación con las mentiras y las manipulaciones que llevan a cabo los hombres poderosos. ¿Quién no ha escuchado en la televisión y otros medios como en nuestra sociedad los entes públicos mienten, roban y se mofan culpando a otros (jueces, políticos, empresarios, deportistas, artistas) de sus delitos? El fin justifica los medios… Pero, ¿hasta qué punto es esto aceptable? ¿No corremos con ello el riesgo de erigirnos en cómplices, por indiferencia, y de perder nuestros límites o nuestros principios y derechos?

Cuáles son los indicadores de maltrato psicológico

  • Constantemente, me encuentro atacado, minusvalorado o perjudicado por las actuaciones de otra persona o grupo de personas
  • Siento que no puedo actuar o hablar con libertad porque cualquier cosa que diga o que haga es utilizada en mi contra.
  • Me critican y me ponen malas caras ante cualquier decisión que tome.
  • Intentan arrebatarme cualquier cosa que me de un poco de felicidad en esta vida.
  • Cambian malintencionadamente el significado de las cosas que digo.
  • Me aislan, me ningunean o me hacen el vacío.
  • Me insultan, me chillan y/o me desprecian ante terceras personas.
  • Difunden rumores acerca de mí.
  • Me amenazan, me coaccionan o me hacen gestos intimidatorios.
  • No pido grandes cosas: sólo quiero que me dejan vivir en paz.

La violencia en la pareja

A menudo se reduce a una mera relación de dominación. El acosador realiza agresiones sutiles, sin dejar un rastro tangible y, si hay testigos, éstos tienden a interpretarlas como simples aspectos de una relación conflictiva o apasionada entre dos personas. En primer lugar, el acosador domina a su pareja en múltiples aspectos (forma de hablar, comportarse, vestirse, trabajar, relacionarse…), luego la castiga con muestras de falta de respeto (insultos, indiferencia, menosprecio…) y, finalmente, la aísla de su familia, amigos o hijos con el fin de desestabilizarla y en hacerle dudar de sí misma y de los demás. Para ello, el agresor no escatimará en todo tipo de actos, así como mentir, insinuar, insultar, pegar, y desacreditar públicamente al otro, para conseguir su fin.

La violencia en la familia

Una vez que se instaura, constituye un engranaje infernal difícil de frenar, pues tiende a transmitirse de generación en generación. En ocasiones, el maltrato ejercido en el seno familiar se disfraza de educación, una pedagogía familiar que tiene como objetivo quebrantar la voluntad del niño a fin de convertirlo en un ser dócil y obediente. Este tipo de acoso psicológico puede ser indirecto y afectar a los menores sólo por el rebote o por salpicadura al vivir el maltrato de un adulto a otro, o bien puede apuntar el acoso directamente al menor al que se intenta eliminar. En cualquier caso, el menor nota muy claramente que no satisface los deseos de sus padres y se siente culpables de decepcionarlos, de producirles vergüenza y de no ser suficientemente buenos para ellos. En estas familias reina una atmósfera malsana que se ha construido a partir de miradas equívocas, de tocamientos fortuitos y de alusiones sexuales.

El acoso laboral o “mobbing“

En el mundo del trabajo, en las universidades y instituciones los procedimientos de acoso psicológico están mucho más estereotipados que en la esfera privada. El acoso laboral se da ante cualquier conducta abusiva como palabras, actos, gestos y escritos que puedan atentar contra la personalidad, la dignidad o integridad física o psíquica de un individuo, o que puedan poner en peligro su empleo, o degradar el clima de trabajo. El abuso de poder en el trabajo ha existido siempre, pero actualmente, aparece a menudo disfrazado de otra cosa. Los directivos hablan a sus asalariados de autonomía y de espíritu de iniciativa y trabajo en equipo, pero no por ello dejan de exigir su sometimiento y su obediencia. El trabajador se acaba marchando ante las amenazas a la supervivencia de la empresa, la perspectiva de los despidos y el recuerdo incesante de su responsabilidad y incompetencia.

El acoso escolar

El acoso escolar –bullying en inglés- se refiere al uso repetido y deliberado de agresiones verbales, psicológicas o físicas para lastimar y dominar a otro niño, sin que hayan sido precedidas de provocación y en el conocimiento de que la víctima carece de posibilidades de defenderse. Los participantes en el acoso escolar se pueden clasificar en cuatro categorías: “Agresor” (bully), “víctima”, “víctima-agresor”, y el “neutro”, que es el compañero no implicado en el fenómeno de acoso. Entonces, la mayor parte del acoso ocurre en la escuela, más que en el camino a ella o de regreso de ella. Generalmente, los agresores y las víctimas están en el mismo grado escolar y, aunque se supone que los menores son supervisados en la escuela, la mayor parte de los episodios de acoso no son del conocimiento de los maestros y la víctima habitualmente se siente incapaz de reportarlos a éstos y a sus padres.

Si estuvieras viviendo alguna de estas situaciones es posible que estés sufriendo acoso psicológico. Por ello, no dudes en buscar ayuda profesional: nada justifica el maltrato.