La mayoría de la gente tiende a pensar que la agorafobia es simplemente temor a los espacios abiertos, pero no. En realidad se trata de, por un lado, un miedo muy intenso a encontrarte en lugares públicos en los que, por ti mismo, serías incapaz de escapar; y, por otro, una vergüenza insoportable a que otros puedan llegar a presenciar lo que te ocurre.
La característica esencial es la aparición de la ansiedad al encontrarse en lugares o situaciones donde escapar puede resultar difícil o embarazoso o donde, en el caso de aparecer una crisis de angustia o síntomas similares a la angustia, no se dispone de ayuda.
Podemos, pues, afirmar que las situaciones temidas por los afectados tienen las siguientes características:
▪ Se trata de situaciones que implican limitación de movimientos o pocas posibilidades de escape, ya sea porque socialmente “queda mal” marcharse o bien porque hay ciertas restricciones físicas.
▪ Se teme, ya no la situación en sí, sino el hecho de que ésta provoca una fuerte sensación de inseguridad, principalmente si el sujeto no se encuentra acompañado de una persona de confianza o conocedora de su problema.

Cómo identificar la agorafobia

Ante estas situaciones temidas la persona utiliza como mecanismo de afrontamiento la huida o la evitación, el peor de los recursos que podría emplear. Si un lugar “X” le provoca ansiedad, lo más fácil y lógico, piensa la persona afectada, es no permanecer en él para no tener que pasarlo mal. Dejará posiblemente de ir a todos los lugares que le provoquen malestar, dará excusas a sus amigos para no acudir a más conciertos ni lugares concurridos, dependerá de una tercera persona de confianza para salir a la calle, acudir a eventos, coger el transporte público, salir de compras, pasear, conducir, subir al ascensor y un largo etcétera.
Estas conductas de evitación, lejos de solucionar el problema, lo mantendrán e incluso lo harán crónico. Cuanto más se evitan las situaciones temidas, más intensos se hacen los pensamientos anticipatorios y catastrofistas que provocan la ansiedad al individuo, creándose un círculo vicioso del que es muy difícil salir. Por eso es fundamental ponerse cuanto antes en manos de un profesional.
Cada vez que un agorafóbico evita un lugar es un retroceso importante. Cada espacio perdido costará mucho recuperarlo. El mensaje es claro: ni un paso atrás ante el lugar temido. Algunas personas abusan de psicofármacos o del alcohol en sus intentos por controlar la ansiedad.
La edad de inicio de este trastorno de angustia oscila entre el final de la adolescencia y la mitad de la cuarta década de la vida. Es poco frecuente a partir de los 45 años. No es infrecuente que el inicio del cuadro de ansiedad se asocie con una ruptura o pérdida de una relación sentimental. El curso típico de la enfermedad es de carácter crónico, con mejoras y recaídas.
Se calcula que el 35% de la población adulta mundial ha padecido agorafobia con o sin crisis de angustia en algún momento de su vida. La agorafobia representa el 50-80% de la población fóbica que solicita ayuda terapéutica. Esta afecta más a mujeres que a hombres y se dan en todas las culturas. Las recientes investigaciones sobre el tema ponen de relieve que los agorafóbicos en particular son personas con una sensibilidad especial hacia sus propios sentidos y  su trastorno puede estar relacionado con una predisposición genética.

Agorafobia

Posibles causas de la agorafobia

Hoy día en los diversos estudios científicos llevados a cabo todavía se desconoce cuáles son sus causas y la posible incidencia de factores personales o ambientales en su desarrollo. No obstante, se sabe que hay una serie de factores que están interactuando entre sí y que hacen más probable su aparición: 

La vulnerabilidad biológica del individuo
Por vulnerabilidad biológica entendemos el factor genético, aunque este factor por sí solo no hace que aparezca el cuadro patológico. Se requieren la presencia de los otros dos factores.

La vulnerabilidad psicológica
Por vulnerabilidad psicológica entendemos que la persona presente unos rasgos concretos de personalidad (baja autoestima, gran introversión, escasas habilidades sociales, falta de confianza, escasa tolerancia a la frustración, dificultad para afrontar los problemas, etc. ) y la posible vivencia de una serie de acontecimientos estresantes durante la infancia (maltrato físico o psicológico, falta de apego a los padres, padecer una enfermedad grave en la familia, una muerte de un familiar con sufrimiento intenso, etc.).

La experiencia vital
La experimentación de síntomas repentinos como mareos, sensación de asfixia, visión borrosa, desmayos, temblores, pinchazos en el pecho, sudor frío, bajadas de tensión, dolores de cabeza, etc. en diferentes contextos como en un transporte público, plaza, coche, supermercado, ascensor o trabajo serán síntomas que son aprendidos, observados y experimentados por el individuo para no aceptar que está sufriendo un conflicto o problema personal que no está sabiendo afrontar. 

Causas de la agorafobia

Consejos para afrontar la agorafobia

A continuación, hablamos de algunos consejos útiles que puedes seguir para afrontar la agorafobia en el día a día:

Ejercicios de relajación y respiración. Estos ejercicios son fundamentales para superar las fobias, ya que le permiten al cuerpo liberar la tensión generada por la situación temida. Realizar estos ejercicios diariamente es altamente favorecedor, y especialmente, cuando te enfrentes a los espacios abiertos.
Habla del tema, es importante poner palabras a tus miedos. Trata de comunicar tus sentimientos y pensamientos a alguien de confianza.
Intenta recuperar tu vida. Pídele a alguien que te ayude y acompañe en tus salidas. Empieza por dar cortos paseos, en lugares sin acumulaciones, tómate tu tiempo.
Piensa en las situaciones que te dan miedo, imagínate que estás en ellas y luego trata de pensar qué cosas harías que te ayudasen a encontrar mejor. Trata de tener pensamientos positivos que te ayudarán a tener una actitud valiente.
Evita consumir cualquier tipo de estimulantes (café, té, coca cola, alcohol, etc.), estas bebidas favorecen que estés en tensión contínua.

Si todo ello no te ayuda, busca un terapeuta cognitivo conductual. Este tipo de terapeuta trabaja sobre el comportamiento humano, es una de las terapias más efectivas ante este tipo de patología. El terapeuta trabajará contigo para que aprendas habilidades que te permitan controlar la ansiedad y afrontar las situaciones temidas.